Año Bicentenario de la Independencia. Tiempo para el encuentro fraterno de los argentinos.

En este nuevo aniversario de la Patria independiente y libre, nos encontramos para dar gracias a Dios por el don recibido, escuchando su Palabra. Ella «impulsa al hombre a entablar relaciones animadas por la rectitud y la justicia; da fe del valor precioso ante Dios de todos los esfuerzos del hombre por construir un mundo más justo y más habitable. La misma Palabra de Dios denuncia sin ambigüedades las injusticias y promueve la solidaridad y la igualdad. Por eso, a la luz de las palabras del Señor, reconocemos los “signos de los tiempos” que hay en la historia y no rehuimos el compromiso en favor de los que sufren y son víctimas del egoísmo»[1].

Escuchar juntos la Palabra del Hijo de Dios siempre nos abre a una esperanza nueva. Los Evangelios son buenas noticias, y nos contagian la alegría, ante todo, de encontrarnos con la Persona de Cristo, Palabra de Dios presente en medio de nosotros, que inspira, exhorta y consuela, fortalece e ilumina el camino; pero también interpela a la conciencia personal y colectiva, la invita a obrar siempre a favor de su semejante y a ser misericordiosos como lo es el Dios Padre con nosotros. Jesús pasó por este mundo haciendo el bien (cf. Hch 10,38), y nadie como Él lo quiere también para los argentinos. Ninguno como Él puede señalarnos el camino del encuentro fraterno; quién otro puede enseñarnos la pacificación, sino Él, que soportó los agravios de la pasión perdonando a sus agresores. Los hombres de Mayo y los congresales de Tucumán encontraron en la Palabra inspiración, fortaleza y certeza para confirmar sus ideales americanistas.

El Evangelio de San Marcos nos acaba de presentar al Señor subiendo a Jerusalén con sus discípulos. Ellos tienen miedo porque saben que en la Ciudad Santa encontrarán una frontal resistencia a la nueva doctrina del Maestro. En ese contexto, mientras van de camino, ante el asombro de sus elegidos, Él –por tercera vez–, les anuncia su pasión, es decir, les confía que el Hijo de Dios se dirige a una muerte cruenta, dispuesto a padecer sufrimientos y la cruz; pero también, les dice que resucitará. Con breves palabras les revela de qué modo realizará el servicio de la salvación humana.

Lo que sigue da cuenta de cómo sus discípulos recibieron la confesión de su rabí. En el diálogo que comienza se revela qué poco han entendido acerca del Reino que predicó Jesús durante su ministerio público, cuando les enseñó: «Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura» (Mt 6,33). Ellos lo habían comparado con la estructura de los reinos poderosos del momento y pensando que el Señor estaba próximo a inaugurarlo, imaginaban que habría distribución de cargos y privilegios, como los que pedían los hijos del Zebedeo: ocupar tronos a la derecha e izquierda de Jesús. Recurriendo a las metáforas del cáliz y del bautismo para referirse a su sacrificio cruento, los invita primero a deponer toda ambición de poder y luego, les promete el martirio que Él mismo está dispuesto a padecer.

La indignación de los demás apóstoles no fue más que un reclamo ante la actitud de sus compañeros que se les habían adelantado. Ellos también deseaban los mismos privilegios. Una vez más el Señor hizo docencia. Tomando distancia de los mesianismos políticos, Jesús les mostró un camino distinto al de la violencia para instaurar el Reino de Dios. Se presentó como un salvador pacífico, rechazando los medios y recursos del poder temporal. Dejará en la memoria y el corazón de sus discípulos, un modo distinto de ejercer la autoridad: «Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos» (Mc 10, 43-44). Él mismo se abajó y tomó condición de esclavo y sin menoscabo de su autoridad, dando el ejemplo, no hizo alarde de su condición divina y les dijo: «Yo estoy entre ustedes como el que sirve» (Lc 22, 27). Seguramente, sus apóstoles recordaron la noche aquella en la que el Maestro les lavó los pies.

En la lógica evangélica, el que considera superiores a los demás, es el que tiene la mayor dignidad. Para Jesús el que ejerce bien la autoridad se pone al servicio de todos. Con gestos y palabras, dirigidas con mansedumbre a quienes iban a dirigir su Iglesia, les acaba de enseñar que no se preocupen tanto de hablar, cuanto de escuchar, y si acaso son revestidos de auténtica autoridad, la ejerzan con espíritu servicial y humildad.

La Escritura tiene la virtud del eterno presente; hoy nos vuelve a señalar el camino más estrecho, pero también el más fecundo para fortalecer los vínculos estables y duraderos, que nos permitan aspirar a la Nación que deseamos ser.

Hoy volvemos a escuchar la solidaria y generosa pregunta de Jesús que comparte el camino de los argentinos: «¿Qué quieren que haga por ustedes?» (Mt 10, 36).

¡Tantas cosas necesitamos, Maestro! Animados por tu cercanía que nunca nos ha abandonado en nuestra historia, nos atrevemos a pedirte:

– Ayúdanos Jesús, para que los que tenemos algún grado de dirigencia en la Argentina soberana que nos legaron nuestros mayores, nos comprometamos cada vez más a servir y a no ser servidos; a descubrir la grandeza y la alegría del que sirve, dejando de lado toda mezquina ambición. El pueblo que nos diste lo merece.

– Ilumínanos, Maestro bueno, para entender que la Patria no comienza ni termina con nosotros, sino que nos trasciende; que es una tarea continua y de todos, y por más humilde que sea nuestro aporte, si pensamos en el hermano, siempre se construye.

– Danos fortaleza para ordenar toda nuestra inteligencia y pasión al servicio del bien común; que el genio que muchas veces nos distanció, se convierta en ingenio para que todo argentino o inmigrante de buena voluntad que comparta nuestros días, tenga Tierra, Techo y Trabajo. Con tu ayuda sabremos cómo hacerlo.

Cristo no se cansa de decirnos: ¡Argentinos! «¿Qué quieren que haga por ustedes?» (Mt 10, 36).

Sabemos que tu misericordia es eterna, Dios de nuestros padres, y por eso nos animamos a pedirte:

– Que no nos paralicen las estadísticas, sino más bien que no perdamos la sensibilidad para escuchar y redoblar esfuerzos y servicios ante el dolor de los más pobres, de las familias que sufren la humillación por carecer de lo esencial; que la atención priorice a los niños y abuelos más vulnerables. Cuidarlos es asegurar el futuro de la Patria independiente y libre.

– No permitas que nuestras promesas defrauden a la gente, ni alimenten el desaliento y el desencuentro entre hermanos de esta gran familia que habita la casa común que es nuestra Nación.

– Danos coraje para crear espacios y mesas donde podamos compartir la sabiduría del diálogo, donde las ideas superen a las ideologías y donde nadie se levante hasta encontrar acuerdos razonables y duraderos, de los que dependen tantas vidas, proyectos y sueños; tantas nobles instituciones que le dan sentido y fortaleza a la Nación que nos merecemos.

Finalmente y para no abusar de tu infinita clemencia Señor, quédate con nosotros, bendice a nuestro pueblo y concédenos celebrar con gratitud y orgullo el Bicentenario de nuestra Nación, para que se transforme en un «tiempo de encuentro fraterno entre los argentinos»[2]. A Nuestra Señora de Luján, engalanada con los colores de la Patria independiente confiamos el destino de nuestro pueblo.

Por Mario Aurelio Cardenal Poli

[1] Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Verbum Domini, 100.
[2] Conferencia Episcopal Argentina: Bicentenario de la Independencia. Tiempo para el encuentro fraterno de los argentinos, 8 de mayo de 2016.